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marzo 30th, 2011

Obsolescencia Programada (y II)

Hablábamos de hacer una “causa” del problema. Y hacer proselitismo, también.

En primer lugar, sería conveniente des-culpabilizar al consumidor. El consumidor no quiere cosas nuevas si las que tiene funcionan. En todo caso, lo que acepta es la innovación. Pero la innovación no es sustitución. La obsolescencia programada ha manipulado la innovación para su interés.

La verdadera innovación de productos y servicios implica un proceso creativo que, aunque de-construye y rompe moldes, lo hace siempre bajo unas reglas de sostenibilidad. Es uno de sus grandes pilares. Así pues, los defensores de la obsolescencia programada –que haberlos, hailos– no deberían basar sus argumentos en la necesidad social y productiva de innovar –si no innovamos, no crecemos–. Podemos crecer sin la programación a la que nos somete el mercado. En la obsolescencia programada sólo existen argumentos económicos, en busca de beneficios a corto plazo –50 años es “corto plazo” para el tema que nos ocupa–.

Por otra parte, des-culpabilizar al diseñador, al publicitario, al consultor, al estratega, al directivo, al empresario, ya no es tan sencillo. Porque es irresponsable transmitir mensajes publicitarios e informativos a los consumidores que, conscientemente, conocen los límites de la obsolescencia programada. Así pues, en algunos casos podremos justificar sus actuaciones profesionales, pero en otros casos, no. Si bien es cierto que la empresa, creadora y distribuidora de productos, tiene sus “tempos” y un discurso medioambiental bien aprendido, debe abandonar las prácticas lobistas que retrasan los cambios y se imponen a la voluntad del legislador. En eso sí que debe innovar la empresa: en sus procesos de crecimiento sostenible.

Y el consumidor también tiene una obligación frente a la obsolescencia programada. Debe actuar en consecuencia. Que no se deje engañar con argumentos de reducción de puestos de trabajo y similares. Las cosas no van por aquí.

Mientras tanto, no estaría mal que se promovieran políticas de concienciación en la educación –primaria, secundaria, universitaria, profesional, continua– y se tomaran medidas urgentes sobre aquellas actuaciones empresariales que están llevando al límite el consumo.

marzo 30th, 2011

Obsolescencia Programada (I)

¿Es posible un mundo en el que el consumo no sea una obligación sino sólo una necesidad?

El consumo debería responder únicamente a una necesidad. Necesito algo: lo adquiero. No lo necesito: no lo adquiero (porque aún funciona, aún dura, aún es bonito, aún me va bien). Y aunque el mercado me diga que ya no es funcional, que está pasado de moda, que es feo, que hay otros mejores, yo tengo el derecho a decir que no: no compro. Pero se ha construido un discurso bien hilvanado para no salir del círculo, en el que el mercado lo programa todo, incluso cuándo las cosas deben ser sustituidas por otras. Se trata de la obsolescencia programada (OP).

Este complejo concepto (OP) busca el acortamiento deliberado de la vida de un producto para incrementar el consumo.  Es una práctica reciente, nacida del capitalismo occidental de principios del siglo XX. No se conoce en otras épocas ni en otras culturas. ¿Es posible que una bombilla pueda estar encendida sin interrupción 110 años?. En el pack de las bombillas que compramos habitualmente se indica que deberemos cambiarlas cada 1.000 horas (y las de bajo consumo, 4.000). Pues, existe una bombilla que se encendió en 1901 en el Parque de Bomberos de Livermore (California), y a día de hoy aún se mantiene viva, nunca se ha apagado, lleva casi 1 millón de horas encendida. Fue inventada por un ser humano, no un extraterrestre. Pero inventar bombillas casi eternas no es negocio, es la ruina del mercado. Pero es la prueba de que podemos crear cosas duraderas.

http://www.centennialbulb.org/

Aquella obsolescencia programada ideada hace un siglo se fue extendiendo para la mayoría de artículos de consumo, basada en que las cosas no tienen porqué durar para siempre: IKEA versus Muebles de Toda La Vida; Zara versus Hermes. Con el tiempo, el consumidor empezó a creer que la nevera con más de 10 años ya no funciona bien, o un teléfono móvil con más de 3 años, o un coche con más de 5… Y para consolidar todo ello, se inventó la llamada “dictadura del consumidor”, es decir, hacer creer que la culpa del consumismo la tiene el consumidor, cuando no es así.

La obsolescencia programada se consolida con éxito porque en el fondo significa vida programada, algo que parece sacado de un manual de biología humana. Pero echando cuentas, el ritmo acelerado de la Sociedad del Crecimiento, impulsada por la publicidad, por el crédito y, no olvidemos, por la obsolescencia programada, ha hecho insostenible el modelo. No podemos seguir así. Está en nuestras manos cambiar esta tendencia. ¿O preferimos vivir programados aunque lo paguen las futuras generaciones?.

Es bien cierto que estamos frente a una cuestión cultural de difícil solución. Y la complejidad del problema es tal que nadie sabe por dónde empezar. Cuando alguien habla de estas cosas parece un “radical”, un “anti-sistema” o, en el mejor de los casos, un iluminado. Llevar la contraria al mercado parece imposible pero no lo es.  Podemos empezar por hacer una “causa” del problema.

Un buen documental “Comprar, tirar, comprar” (2010), de la realizadora Cosima Dannoritzer. Recomendable.

Seguimos…