Obsolescencia Programada (y II)

Hablábamos de hacer una “causa” del problema. Y hacer proselitismo, también.

En primer lugar, sería conveniente des-culpabilizar al consumidor. El consumidor no quiere cosas nuevas si las que tiene funcionan. En todo caso, lo que acepta es la innovación. Pero la innovación no es sustitución. La obsolescencia programada ha manipulado la innovación para su interés.

La verdadera innovación de productos y servicios implica un proceso creativo que, aunque de-construye y rompe moldes, lo hace siempre bajo unas reglas de sostenibilidad. Es uno de sus grandes pilares. Así pues, los defensores de la obsolescencia programada –que haberlos, hailos– no deberían basar sus argumentos en la necesidad social y productiva de innovar –si no innovamos, no crecemos–. Podemos crecer sin la programación a la que nos somete el mercado. En la obsolescencia programada sólo existen argumentos económicos, en busca de beneficios a corto plazo –50 años es “corto plazo” para el tema que nos ocupa–.

Por otra parte, des-culpabilizar al diseñador, al publicitario, al consultor, al estratega, al directivo, al empresario, ya no es tan sencillo. Porque es irresponsable transmitir mensajes publicitarios e informativos a los consumidores que, conscientemente, conocen los límites de la obsolescencia programada. Así pues, en algunos casos podremos justificar sus actuaciones profesionales, pero en otros casos, no. Si bien es cierto que la empresa, creadora y distribuidora de productos, tiene sus “tempos” y un discurso medioambiental bien aprendido, debe abandonar las prácticas lobistas que retrasan los cambios y se imponen a la voluntad del legislador. En eso sí que debe innovar la empresa: en sus procesos de crecimiento sostenible.

Y el consumidor también tiene una obligación frente a la obsolescencia programada. Debe actuar en consecuencia. Que no se deje engañar con argumentos de reducción de puestos de trabajo y similares. Las cosas no van por aquí.

Mientras tanto, no estaría mal que se promovieran políticas de concienciación en la educación –primaria, secundaria, universitaria, profesional, continua– y se tomaran medidas urgentes sobre aquellas actuaciones empresariales que están llevando al límite el consumo.

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