Organizar la indignación (y III)

Continuación de Organizar la indignación (I)  y  Organizar la indignación (II)

Ante el inminente colapso del sistema actual, 3 cuestiones debieran priorizarse por la urgencia del cambio:

1) REFORMA ELECTORAL

Hemos de conquistar un sistema mixto de democracia directa (el ciudadano decide personalmente sobre políticas públicas) y democracia representativa (“nuevos” partidos políticos, con mayor honorabilidad que los actuales, gestionan las decisiones políticas). La democracia directa se puede ejercitar de manera natural y constante tantas veces como haga falta a través de consultas populares vinculantes. Pero hay que entrenarse. No es tan fácil como parece. Respecto a la democracia representativa, deberíamos separar la elección del gobierno de las de los legisladores, en listas abiertas y por distritos cercanos al ciudadano. Unas elecciones que rompan definitivamente con el corsé de la proporcionalidad.


En cuanto a las reglas de participación parece que el juego de mayorías no ha sido superado por otro mejor. Debemos, pues, seguir contando con esa regla de oro y no tener miedo a sus consecuencias porque son el resultado de un pacto de honor. NO más ruido de sables ni fanatismos políticos o religiosos.

2) REFORMA MONETARIA

El dinero no tiene miedo a nada ni a nadie, en todo caso sólo a las leyes valientes. Actualmente, el dinero nos ha superado en todo y es ingobernable. Merecemos una reforma monetaria valiente que cambie las actuales reglas del juego del dinero. Dos cápsulas informativas-formativas pueden iluminar este punto. Por una parte, una conferencia de Joan Antoni Melé en la EOI de Madrid (2010), Dinero y conciencia, ¿a quién sirve mi dinero?, instructiva y convincente. Y también, “Dinero como deuda” (2006), un producto informativo cuyo objetivo es distribuirse a través de las redes sociales en busca del compromiso individual. Son exposiciones largas. Hay que tomarse su tiempo y dejarse llevar. Pero valen la pena.

3) REFORMA IMPOSITIVA

Si un ciudadano obtiene unas ganancias de 10 millones de euros en un año, ¿es justo que pague 7 millones en impuestos?; ¿puede vivir con los restantes 3 millones?; ¿o lo dejamos en un 10% de carga fiscal y que el ciudadano decida libremente qué hacer con su dinero?. En mi opinión, y tras varios años impulsando estrategias filantrópicas, y vista la realidad egoísta del ser humano, creo que la presión fiscal es un medio necesario para hacer cumplir los deberes sociales de la ciudadanía. En todo caso, no está siendo eficaz porque demasiadas personas mienten sobre lo que tienen o hacen. Y así nos va.

Si con los 10 millones de beneficios el ciudadano rico invierte en actividades productivas (creación de empresas, I+D, cultura) la presión fiscal sobre sus beneficios debe ser muy reducida. Hace lo que tiene que hacer: crear riqueza. Pero mientras que el ciudadano rico invierta en actividades especulativas -como en la actualidad-, la presión fiscal debiera ser muy alta. El ejemplo que nos ilustra el profesor Vicenç Navarro de lo que está sucediendo en 2011 es esclarecedor: “los ricos, a través de los bancos, compran deuda pública, es decir, bonos del Estado. Y, a través de las agencias evaluadoras de los bonos, como Moody’s, Standard & Poors y otros (que son instrumentos de la banca), crean una percepción de alto riesgo, a fin de que los estados tengan que pagarles elevados intereses. Los bancos españoles poseen el 52% de la deuda española. Reciben préstamos de dinero del Banco Central Europeo a intereses muy bajos (1%), y con este dinero compran bonos públicos del Estado español que les dan una rentabilidad de un 6%. Es difícil diseñar un sistema que sea más favorable para los ricos y para sus bancos. Y mientras se hacen superricos, piden a la ciudadanía que se apriete el cinturón bajo la excusa de que “no hay alternativa”. En definitiva, o se prohíben las prácticas especulativas o se les exige un 70% de retorno impositivo.

Yo, personalmente, creo en el Estado del Bienestar. Pero en otro Estado del Bienestar, más modesto, sin tantas pretensiones. Y es muy posible que existan recursos suficientes para hacerlo sostenible si se llevan a cabo grandes reformas. Pero para ello, “nuevos partidos políticos” deberán irrumpir en las cámaras (los actuales no lo van a hacer). Mientras no se unan millones de votantes en sólidas plataformas ciudadanas no hay solución. Algunos expertos consideran que cualquier nuevo partido político se corrompería antes de llevar a cabo reformas históricas como éstas. Aún así, vale la pena intentarlo. ¿Nos organizamos?.

Esta entrada también está disponible en: Catalán


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