La técnica del “apadrinamiento” debe reinventarse

Solicitar un donativo constante para ayudar a una persona necesitada viene siendo utilizada desde hace 300 años, sobre todo por iglesias y confesiones. El fenómeno está ligado a los procesos de colonización. Con la aparición de las organizaciones del tercer sector a mediados del s.XX, en especial las ONGs, las técnicas se perfeccionan y se diseña el acercamiento entre donante y receptor, similar a la de un padrino y un ahijado. Esa relación puede durar entre 8 y 10 años, y a través de una donación mensual se ofrece una oportunidad al ahijado frente a la adversidad. Unos pocos euros para el donante pero todo un presupuesto para el niño o el enfermo.

Hasta aquí, todo bien. Pero, ¿y si el receptor no existe realmente sino que es una metáfora para persuadir al donante? “…las necesidades son tantas y los donativos tan pocos” (dicen las ONGs). Así las cosas, se rediseña la técnica repartiendo el donativo entre toda la comunidad. En definitiva, se usa una cara y un nombre para individualizar una relación inexistente.

Y ahí empezó el engaño. Aunque los grandes Vicente Ferrer y apóstoles de Intermón, Unicef o Aldeas Infantiles digan lo contrario, con este rediseño se engaña a la sociedad. Los argumentos a favor de esta manipulación conceptual son sencillos: los posibles padrinos conocen y aceptan que su dinero se reparte entre la colectividad, la foto es un simple nexo emocional (las ONGs saben que es difícil conseguir donativos hablando de comunidades, generalidades, vaguedades).

Antes de llegar a una situación irreversible y de total falta de credibilidad, debe reinventarse la técnica del apadrinamiento.

Propongo:

  • el apadrinamiento debe ser eso, una relación de mecenazgo individualizada. El donativo mensual debe ir a parar íntegramente al ahijado.
  • si hay más niños o enfermos, o si se pretende construir escuelas o adquirir material escolar o sanitario, sirvase utilizar otras técnicas de captación de recursos, nunca los fondos del apadrinamiento.
  • avanzar en la relación entre padrino y ahijado hasta conseguir un nivel de compromiso mutuo y equilibrado. Más que “donante-receptor” debería entenderse como una relación de “receptor-receptor”. Ambos deben responder ante una posible relación futura.  Quizás, para siempre.

 

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